El jazz tiene su origen en los campos de trabajo de esclavos en el sur de los Estados Unidos. Allí, la población negra sometida recurría a distintos medios para expresar su angustia y sus vivencias, y entre ellos la música ocupaba un lugar preponderancjaf-illustration-sax-2te. De la mezcla del blues, los ritmos africanos, los himnos y la música gospel, surgió este nuevo estilo con epicentro en la ciudad de Nueva Orleans, que se convertiría en la capital mundial del jazz.

Los comienzos del siglo XX transformarían al género y le darían una de sus cualidades más salientes: la improvisación. La bandas de jazz se caracterizan por tocar un repertorio de composiciones nuevas y clásicos, complementados por intervalos en los que cada uno de los integrantes del conjunto tiene libertad total para hacer lucir su técnica instrumental. Louis Armstrong fue quien logró popularizar este estilo de ejecución, a partir de su magnífico dominio de la trompeta y el clarinete.

Los años posteriores a la Gran Depresión cambiaron el tono del jazz y darían origen al swing como uno de sus ritmos básicos. Dinámico, bailable y cargado de optimismo, contagió a todos los seguidores del género, de la mano de maestros compositores como Duke Ellington, una de las mayores figuras de la historia del jazz.

La década del cuarenta se caracterizó por la búsqueda de una mayor complejidad en las piezas, con una oleada de jazz académico que pretendía exigir al máximo a los músicos con sus figuras intrincadas y sus veloces tempos. Dizzy Gillespie fue uno de los nombres más destacados de la época, no sólo por sus cualidades para ejecutar la trompeta, sino también como compositor e impulsor del estilo bebop, tal como se lo dio a conocer en la época. Esta tendencia a la experimentación se extendería durante todo el siglo XX, incorporando elementos y ritmos propios de otras latitudes, como los de América Latina.